A cualquiera que se le exija pronunciar una rápida definición de la realidad, la que tendrá más a mano será seguramente "lo que pasa". La realidad es lo que pasa, se sabe. Antes de ponernos de acuerdo sobre lo que la realidad es, sobre su ser o apariencia, acordamos que la realidad pasa. No sabemos qué es, pero pasa. Parece entonces que no es preciso saber lo que la realidad "es" para que pase. A pesar nuestro, pasa. No reclama nuestro permiso para darse, no precisa del auxilio de nuestras categorías ni de nuestra voluntad para pasar. Digamos que la realidad no deja de pasar.
Prestarle el oído a lo que pasa. Mantenerlo como pregunta, dejar que pase. ¿En y por dónde? Por los nombres que le ofertamos, propiciarle estas prendas y alojamiento en el lenguaje. El pase nombra lo que pasa.
La pregunta por lo que pasa, puede orientar el hacer con respecto a lo que "no deja de pasar". Lo que nuestra historia repite incansablemente. Y por otra parte, es también dejar pasar lo que "no dejan pasar".
Cuando nos preguntamos por lo que pasa, deja de pasar. La pregunta por el ser reprime lo que pasa. Deja caer el significante de lo que pasa. El moviemiento de lo que pasa es la fuga constante, el abandono del ser.
Prestarle el oído a lo que pasa. Mantenerlo como pregunta, dejar que pase. ¿En y por dónde? Por los nombres que le ofertamos, propiciarle estas prendas y alojamiento en el lenguaje. El pase nombra lo que pasa.
La pregunta por lo que pasa, puede orientar el hacer con respecto a lo que "no deja de pasar". Lo que nuestra historia repite incansablemente. Y por otra parte, es también dejar pasar lo que "no dejan pasar".
Cuando nos preguntamos por lo que pasa, deja de pasar. La pregunta por el ser reprime lo que pasa. Deja caer el significante de lo que pasa. El moviemiento de lo que pasa es la fuga constante, el abandono del ser.
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